Entro al trance silente del aire viciado.
Orbito sobre la neblina, la brisa caliente y el paso suspendido de la fractura de los años.
Rebano las luces mientras las respiro,
        motas,
                  cápsulas,
                                triángulos de luz que retraen el pasado.
Capturo.
Olfateo.
Desato.
Toco lo negro, la masa inasible y bucólica que se ha tragado la luz y me ha interpuesto un vigía en el camino.
La insulto, la quiebro a través de las grietitas en su atmósfera, y la masa disminuye y se queja; pero no deja ni un segundo de aprisionarme entre su espacio.
Palpo con las yemas los frutos de su maternidad, motas incoloras fáciles de destruir a pesar de mi ceguera y mi hastío por el aire viciado.
Sus hijos son huevitos de ectoplasma cósmico, indelineables pero accesibles al exprimirse,
y chillan,
y ella chilla,
¿o soy yo quien chilla y son ellos mis pecados?


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