Los mismos ojos de Ana Henriqueta.
La mirada hueca, que no guarda en su haber sino el recuerdo de las horas secas.
El iris intenso, oscuro, contraído. Un vínculo mínimo a la tortura auto-infligida.
La tierra se desborona,
omnisciente,
clandestina.
El velo de la piel se quiebra con heridas infinitas.
El temblor y el grito desgarrado continúan.
Regresa al puente el esqueleto quejumbroso, el espejo dudoso de una carne agonizante.
Retraída,
ciega,
ciega.
¿Qué harás ahora? ¿Dónde piensas refugiarte?
Vives en el limbo, entre la tierra de los saucos y la de los mares.
Has dejado al mundo, pero él ha tomado como pago tu carne.
No hay sentido en mantener conversación alguna, en comunicarse.
No se debe hablar si no estamos dispuestos a asimilar verdades.


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