He encontrado la belleza en las manos de una anciana, en sus arruguitas de perla y su anillo de esmeralda. Un poco de Chanel #5, olor a talco de viejita y esa tintura labial que tiene años sin salir a la venta, y aunque esté vencida ella está inmunizada.
Sus uñas son del mismo naranja pálido que decora sus labios desgastados por el tiempo. Cortas, prolijas y tan perfectas como las proporciones del resto de su cuerpo.
Y almizcle, almizcle, almizcle... Almizcle como cereza en la punta.
Sus ojos guardan el fervor de la sabiduría de otros tiempos: de la época en la que bailaba con su vestidito rojo con blanco ceñido, cuando su viejo no era viejo, mucho antes de que sus galanes fueran niños. Dos verruguitas se asoman debajo de esos ojos eternos, que gritan memorias, invocan palabras transitorias y sonríen al reflejar el cielo.
Y me mira. Y sonríe. Y me estremezco.
Y el que me adopte en ese instante es lo único que pienso.
Ay, viejecita linda, déjeme cuidarle los días y vigilar el ritmo de su aliento. Déjeme inventar excusas para alegrarle los días en adelante, y salir con mi viejecita, contenta de toda la experiencia que emanan sus pasitos lentos.
Y dirige hacia mí sus ojos que lanzan chispitas hacia el viento. Y desenvuelve una conversación superflua que me roba las palabras: temo arruinar con mi torpeza la naturalidad de aquel momento. 
Y oigo su risita aguda, la siento latente en mi memoria, como si la hubiese conocido en otros tiempos. Cuando ganó aquel concurso de baile, cuando lloró de felicidad en el valle florido, en aquel entonces cuando su viejo no era viejo.
Y aquella vuelta dolorosa me deja vacía por un momento; mientras ella se arregla, acomoda su cartera y mueve aquel cabello que se acerca ya al color de las nubes en el cielo.
Hasta siempre viejecita, déjeme guardar en mi bolso un retazo del almizcle de sus sueños.





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