Las transparencias amarillas, a contraluz, se tornan violetas.
El nudo en la garganta, ahora casi perenne, desemboca en el alma, dejándola inerte.
Suspendidas en el vacío, quedan todas las palabras por decir, junto con la certeza olvidada de que quedan muchas memorias, muchos cofres sin abrir.
Relegadas al abismo, están todas esas lágrimas que luchan por salir; ante el recuerdo de aquella tarde en la que el sol cegaba las palabras, obligándonos a admirar la piel desnuda, descubriendo nuestras almas.
Es triste darle valor a cosas antes consideradas nimiedades, solamente cuando hay la seguridad de no volverlas a ver.
Aquellos gestos dados por sentado, la cara expectante, la sonrisa deslumbrante. Y los cielos inminentes, sin saber muy bien cómo ni por qué.
Y cayeron tres gotas: uno, dos, tres.
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