Un escalofrío recorre mi cuerpo. Olas invisibles agitan la marea de sangre bajo mi piel.
Y es una de esas reacciones instintivas, inmanejables, incontrolables; uno de esos detalles que te hacen preguntarte qué eres capaz de hacer.
Mi cuerpo reacciona ante los antígenos. Los besos no son más que farsas andantes. La vida de antes parece una falacia; y ahora lo sigue siendo, pues tú sabes cómo tratar a una mujer y darle ese jarabe de boca que ella cree merecer.
Pero conmigo te equivocaste.
Aún lo siento a él, en la llaga, en mi carne. No puedo apresurar el remedio, sólo yo puedo aprender a crecer; aunque nunca pensé que sería tal dédalo.
Las espinas siguen puyando mi fuero interno, los nervios aún se adueñan de mi ser. ¡Qué terrible! ¡Qué difícil! No puedes tratar de abrir los ojos a quien no está preparado para ver.
Su actitud me parece execrable, sus ideas me dejaron de convencer; ahora sólo veo a un ente vacuo ¡y aún así él sigue dentro de mi ser!
La llama sigue quemando ante cualquier indicio de alguien más. Ante sus fotos, sus comentarios e incluso sus horas para hablar.
¡Ah, entelequia, las mujeres no somos más que cajas llenas de contradicciones!
Lo pienso, lo quiero, lo siento, lo sueño... ¡Y sin embargo ya no me veo con él!
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