La aguja va presta, dirigiéndose por voluntad propia al orificio inescrutable de la piel.
No espera, no clama, no invoca presencias que no sean irrefutables para comenzar la marcha.

Pop, 
        en un acto la piel se rasga, convertida en seda, en el suspiro magnánime de la entrada del placer.
Hiere sin mancha, se adentra al torrente y se apresura a verterse cual maníaco dispuesto a perecer.

Estaño fluyendo, macabro, frenético, enajenado dans le destin glorieux.
El ardor de desliza en un fluir de éter, niebla mordiendo las células, machacando las venas y exaltando hasta el delirio la decadencia del ser.

Pom,
        pom

Cada sonido magnificado, la turbina ardiente en los cúmulos de Neptuno, el retrato plácido de mil instantes arrebatados.

Él calma al niño que grita, aquel niño rubio interior que se estremece para dar paso al aire mientras saborea la muerte.

Y la heroína vuelve, martilla, 
                                              arrastra, 
                                                         rastrea,
                                                                 mueve el folículo interno en el hálito orgásmico.

Él apresura al viento, dona órdnes a una luna perfumada de pachulí que le sirve de refugio clandestino en sus ratos de opio.

Luego, la vista de la calle abarrotada de basura, pero no la nota porque ya es muy tarde y el mundo le huele a cielo.
Y siente sus ojos, que estaban abiertos en la penumbra, convertirse en dos rombos gigantes escrutando el espacio: Andrómeda, Marte, Plutón; la vía láctea de la mínima gota de heroína que se escurre por el ojo de un tatuaje arma-pincel-calavera-espada-alas de dragón con dedos.
Ya es muy tarde, y muerde la noche cual rosa seca con la textura gélida del reptil.



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