En estos tiempos nadie se molesta en escribir versos.
¿Quién va a contar las sílabas, mientras el mundo se arremolina en la cabeza? ¿Quién plasma en endecasílabos las exactitudes de la histeria?
Vivo en una era en la que nadie se toma el tiempo de mirar al cielo. En la que las autopistas cortaron la cercanía de las callecitas de los pueblos. En la que debes tener un libro o celular en la mano mientras vas en bus, por el terror que genera el hablar con alguien extraño. -Pero si sacas cualquier aparatejo en un bus de la línea unión estás jodido-.
En esta era a nadie le importa la rima. Todos hablan, escriben, sangran como poseídos, reflejando en sus discursos la realidad de un mundo que ya no pisa el terreno.
Que ya no se queda, paciente y estático, en la misma habitación por dos días enteros. Que no descansa, incluso por una hora; que va y vuelve y si no va ni vuelve ejercita los dedos en su último teléfono.
Un mundo que tiene cada vez más miedo de mostrarse vulnerable.
Que crea pantallas en los tamaños más portátiles para ocultar las caras de una seguridad incierta; que piensa los pasos, que no se resbala ni piensa siquiera en la hesitación.
Un mundo que tiene cada vez más miedo de mostrarse.
Máquinas a mari usque ad mare. Una especie humana en negación de su naturaleza, que ya no suspira, que ya no imagina mundos que le preñan la cabeza.
Un mundo que tiene cada vez más miedo.
Un mundo que ya no se queda.

Signorina, os saludo desde el más allá, bien entrado el Estigia y a la derecha del Edén donde las gigantescas necrópolis se fungen como los pilares de la vida.
ResponderEliminarFijaos bien en lo que decís al referenciar el miedo. Propiamente, este escape es consecuencia del terror al que nos afrontamos día a día, el temor al rechazo, el pánico a la ignorancia, el horror ante el dolor, es pues, a eso a lo que, como respuesta natural, huimos y decidimos postrarnos detrás de una pantalla que nos brinda aislamiento y protección.
Me parece justo pues, redireccionar la crítica hacia aquellos elementos que hacen que muchos nos veamos hundidos en la miseria de la pantalla, puesto que se es juzgado a quien actúa como un espíritu libre como si fuese un desquiciado, o a un solitario ermitaño como si fuese un reprimido peligroso. Estos "intelectuales de la vida" son quienes promulgan el rechazo como verdad, y fomentan en gran medida esta necesidad de protección que aludes.