Astarte veía el mundo desvanecido: cada arruga, cada curva, cada línea fuera de foco; cada engranaje, cada tuerca mereciéndole cada vez menos importancia.
Los muros estaban ya descoloridos. La mirada extraviada, la ceguera fisiológica descartada y también los problemas de atención. Pero ella seguía presenciando sin asimilar, moviendo un dedo como una revelación.
Había desarrollado una ceguera selectiva, en esos ojos acuoso a verdoso a ámbar a grisáceos; en las diminutas liniecillas y puntitos como salpicados de un pincel, que surgían desde su iris opaco.
*Maldad ~ ceguera*
*Injusticia ~ ceguera*
*Desviaciones ~ ceguera*, y funciones inútiles de algún instrumento de viento que transportara su voz como un alarido secreto de auxilio. Estaba en un estado constante de letargo, de inanición. Sin hallar regocijo, piedad o gozo alguno. Y no lograba sentirse vacía, pues nunca conoció ningún atisbo de verdadera emoción.
Enfocaba su pupila, córnea, cristalino; hacía estremecer de hambre al nervio óptico con su desvelo. Pero continuaba hablando con aquella figura indelineada, era Astarte como mera presunción.
Aquella voz curiosa que se amoldaba a ella, aquellos surcos de sonido eran lo único que lograba ver con claridad.
Nervios caían, frenaban, se ataban en su interior; su mecanismo quedó perplejo... Y luego lo vio a Él.


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