Me agradan los vasos con sabor a viejo. Con líquidos humeantes y altamente tóxicos, de tonalidades moribundas.
Me agrada el agua que lleva la muerte en mi mesa de noche; tan vieja y vencida luego de tan sólo un día sin escuchar mis reproches, hablando dormida. Aquel líquido que por pereza seguí tomándome -aunque traía consigo la muerte-, que me secó la garganta entera, y me convirtió la tráquea en piernas de vieja.
Me agradan los líquidos con la muerte que conllevan; con el asesinato de mis neuronas por tan sólo una noche develando mi verdadero ser, o en quien me convierto en mi conciencia onírica.
Pero mi favorita es la muerte escondida en la lluvia, en pedazos de vida. Gotas llegando a un fin frenético al chocar contra mi ventanilla.
¿Y para qué nombrar aquellas gotas kamikazes colándose por mi ventana y estrellándose contra mi piel?
Son portadoras de la muerte que llevo por dentro, de la pudrición y el pecado invisible ante mis ojos que miran sin ver.




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