Déjame llenarte de limón los ojos.
Para que veas el mundo con la ingravidez distante del jugo verdoso entre tus glóbulos rojos.
Déjame devorarte las entrañas con mi adoración.
Y consumir cada poro de tu piel con un ácido murrio que nunca quiso oler el óleo que destilan tus labios jugosos.
Déjame pagarte cada orgasmo entre danzas, piruetas y lancetas, y evocar a las tres gracias al tratar de hundirte la cabeza entre tierra con gusanos peludos.
Quiero meterte acerrín por los oídos, hasta que lo único que escuches sean las notas tristes de nuestra primera canción de amor.
Y bailes un tango penitente, divirtiéndote a muerte y derritiéndote con tu carne en putrefacción.
Quiero jugar al carnicero que conoce con detalles la fisonomía de tus huesos rotos, y que sabe con creces cómo tratar bien a un limón.
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