La mariposa se posó sobre la cadera de la niña. Se encontraba en un paseo a la montaña, tendida de lado sobre la grama y escuchando a su padre recitarle poesía.
            Aquella mariposa azul fue el detonante que la sacó de su ensimismamiento, con sus tonos brillantes resaltando a través de la blancura inmaculada de su vestidillo de flecos. Se acicalaba, frotando sus patas y observando descaradamente a aquella otra criatura, que en cierto modo compartía su audacia.
            El padre seguía abstraído en sus declamaciones, pero la niña no lograba alejar su atención del misterioso animalillo, que movía despacio sus alas decoradas como cerámica japonesa. Las tonalidades de azul comenzaban a moverse, cambiándose de lugar como en una danza sagrada, y describiendo espirales mágicas donde antes había sólo líneas inconsistentes. Tan sólo la admiración de aquel animal le traía a ella recuerdos de su última vez en el mar, y comenzó a oír las olas en su ir y venir incesante; incrédula, maravillada.
            Acercó sus dedos en dirección al animal, notando cómo se volvía hacia ella, ¡con conciencia!, y aceptaba su caricia como si estuviera domesticada. De inmediato emprendió vuelo, sin alejarse demasiado; exhibiendo sus alas cambiantes, dóciles, líquidas.
Aquellas alas, al batirse, comenzaron a desmoronarse, dejando caer pequeñas gotas de un azul intenso sobre el vestido de la niña. Las olas seguían sonando mientras las gotas caían; era una sinfonía alimentada por la sorpresa de la creciente ingenuidad.
            Un charco diminuto se asomaba en un pliegue de la falda. La niña movió con suavidad su pierna y observó el movimiento del charco, metamorfoseándose de acuerdo a su voluntad. Pero al tratar de incorporarse el líquido se resbaló hasta tocar su pierna, adentrándose a través de su piel hasta llegar a sus venas.

            El padre despertó a la niña de su sueño vívido, montándola encima de sus hombros para continuar con su camino. La mariposa se posó sobre su hombro por un instante, para luego reanudar su vuelo y perderse con el viento; mas la niña sintió desde entonces la fluidez de las aguas japonesas en su interior.









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